¡QUE MALA ES LA IGNORANCIA!

Ángel Sánchez
Opinión: ¡QUE MALA ES LA IGNORANCIA!

La ciudadanía nos alimentamos ( y retroalimentamos) a través de los medios que tenemos a nuestra disposición. Es evidente que la información la buscamos o la recibimos desde diferentes medios, aunque en el ámbito local éstos son reducidos, algo que promueve lo que popularmente se denomina “rumorología”. Por otro lado, los nuevos instrumentos de comunicación e interacción en línea (webs, redes, etc) influyen también en la creación de opiniones y juicios sobre los diferentes temas que se consideran de interés colectivo. Pero, a diferencia de los medios tradicionales, la multidireccionalidad de las nuevas plataformas digitales, además de informarnos, además de opinar, nos transmiten, en ocasiones, informaciones contradictorias e incluso falsas. Y cuando, sin opinar, damos nuestra “ignorante” opinión, estamos expuestos a que aquellos que sí poseen esa información nos señalen, además de como “ignorantes”, incluso como presuntos manipuladores intencionados.

Los que estamos acostumbrados a que nos señalen, ya sea por nuestras opiniones publicadas o simplemente por expresar nuestras posiciones, evidentemente relativizamos a ese dedo acusador pero, ¿y la ciudadanía?, ¿eh, y la ciudadanía?.

La administración local reúne una serie de características concretas. Y una de ellas es la proximidad y la posibilidad de articular mecanismos eficientes de información (primer y fundamental escalón de la participación). Esto, en un contexto de “transparencia”, como exigencia de calidad democrática, es uno de los requisitos para empoderar a la ciudadanía en el primer nivel: la información. La complejidad de la administración y sus procesos deben ser simplificados a través de la construcción de mensajes claros y concretos para que la ciudadanía pueda formarse un juicio mínimo lo más aproximado a la realidad. Como decía, lo que puede ocurrir es que, si ésto no se produce, lo que se propicia es que digamos, o lo primero que se nos ocurra, o incluso, armados de argumentos, señalemos situaciones que pueden o no corresponder a esa realidad que, por desconocida, puede inducirnos e inducir a otros a construir opiniones erróneas.

Pero, como reza esa máxima tan conocida, “la información es poder”, la impresión que personalmente tengo al respecto es que a los que acaparan el poder (conste que digo “acaparan” y no ostentan, con toda la intención) no tienen demasiada voluntad de facilitar una información ágil y veraz siempre que no pase por su control.

La política es conflicto, y la democracia lo que nos ofrece es la posibilidad de, a través de diferentes mecanismos, resolver de forma pacífica y dialogada las diferentes opiniones o concepciones social y políticas, aunque sea de forma temporal (la virtud de nuestro sistema democrático radica en esa temporalidad “cuatrianual”, donde la ciudadanía soberana puede ratificar o modificar gobiernos. Pero la política también es información, o dicho de otra manera: la política es comunicación. Y dados los reducidos medios privados ( alguno de ellos estigmatizado de forma incomprensible a la vista de la exigua participación de la institución en ellos desde una perspectiva informativa, aunque no así desde el propagandístico) y los inexistentes medios públicos ( inexistentes no porque no existan, sino porque se renuncia a una estrategia verdaderamente democrática que propicie que la información fluya de forma veraz), sólo nos queda internet y las redes sociales. Pero éste nuevo ecosistema informativo tampoco es asumido como herramienta aunque si como instrumento, insisto, de propaganda personal y política ( conste que digo, de forma intencionada, propaganda).

Creo humildemente que la ignorancia informativa política es desconocimiento o desinformación que no beneficia a nuestra ya sufrida democracia, aunque es posible que si lo haga a esa concepción instrumental que algunos todavía mantienen del mandato representativo, pese a la necesidad de mejorar (para fortalecer) nuestro sistema político.

La posibilidad de recabar información está ahí pero, ¿no tienen los poderes públicos la obligación ética de favorecer el acceso a esa información a través de los nuevos y los tradicionales medios de información y comunicación?. Si el eje de la información es la “personalización” (preguntar directamente) seguramente se fortalecerá ese sesgo que beneficia a quien la posee, algo que además de desvirtuar, añade un componente que a mi, personalmente, no me gusta: el clientelismo.

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About: Juan Guill

Fundador y administrador de Radio El Campello.

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