Pascual Rosser

¿Un laberinto en medio del monte?

Opinión. Pascual Rosser Limiñana

¿Un laberinto en medio del monte?

Opinión. Pascual Rosser Limiñana

¿Un laberinto en medio del monte? ¿Se lo imagina? ¿De piedra, de ladrillo, con árboles? Así es, ahí está, bajo la sombra de pinos centenarios, testigos fieles del paso del tiempo. Con la presencia, muy cerca, de una casa solariega en la montaña, a la entrada de la finca, como esas donde antaño nobles señores pasaban largas temporadas de asueto a lo largo del año.

El laberinto forma parte de un jardín botánico romántico con una alberca con peces de colores, con estatuas, con especies arbóreas de gran tamaño y valor medioambiental como tejos, cedros, abetos o cipreses, además de una pajarera enorme, una cueva y un invernadero con macetas de orquídeas que en primavera hacen las delicias de quienes lo vistan. Ya ve, tiene de todo.

Si lo conoce, sabrá ya que me refiero al Jardín de Santos en Penáguila. Esta población guarda este tesoro, además de otros. Hay muchos más en diversas poblaciones del interior de la provincia de Alicante, desconocidos por la mayoría. Otro día se lo cuento.

He ido varias veces a este Jardín. Con mayúscula. El lugar lo merece. Pero igual que iba, volvía a casa con la decepción de no haberlo visto porque no estaba el funcionario encargado de abrirlo al público. Dedicado a muchas tareas de su ayuntamiento, entra y sale de este Jardín cuando instancias superiores se lo solicitan. Y aquellos que hemos coincidido con ese momento nos hemos quedado con las ganas de visitar el Jardín de Santos.

Pero esta mala suerte había que enmendarla. Y encontré cómo. A través de una persona que conoce sus circunstancias. Parecía una tarea fácil, aunque no lo fue tanto, tuvo que ingeniárselas para que saliera todo de la forma adecuada. Ella es Begoña Román, abogada alicantina, que conoce bien esta localidad. De niña veraneó con sus padres y sus hermanos en este pueblo durante muchos años. En la actualidad regenta allí la casa rural El Molí. Si tiene curiosidad, describo esta vivienda en mi blog sosegaos, en él le doy cuenta de esa casa y sus características.

Al final fuimos a ese emblemático Jardín y ¿qué se imagina que pasó? Pues sí, estaba cerrado. Otra vez. En horario de apertura al público. Esta vez no, por favor, pensé. Begoña dijo que no nos preocupáramos, que lo había previsto y que lo solucionaría. Fuimos al pueblo, encontró al alcalde, le dijo lo que había pasado. Y lo resolvió.

Lo conseguimos. El deseo y la espera habían merecido la pena. Visitamos este Jardín romántico y su laberinto. No lo hicimos solos. Cuando llegamos a la entrada había un grupo de personas de diversas nacionalidades que estaban deseosos e impacientes de entrar a esta joya rural al aire libre. Tuvieron suerte de dar con nosotros. Y nosotros de conocer a Begoña.

¿Y cómo fue que se construyó este laberinto en un jardín en medio del monte? El origen fue una finca familiar. Y luego el empeño y la dedicación de Joaquín Rico y Soler, terrateniente, mecenas y persona de amplia cultura. Primero visitó otros jardines para inspirarse en lo que quería hacer en el suyo. Los buscó en Sevilla, Granada, Aranjuez o Segovia. Fueron su fuente de inspiración. Y construyó en 1841 su jardín de unos 2.800 m2. Casi nada. Tiene un curioso y gran valor paisajístico. Merece la pena visitarlo, se lo digo yo.

Su primera acción fue plantar un camino de cipreses con la intención de unir la finca con el pueblo, como un nexo de unión inseparable. Después tuvo que idear un sistema para llevar agua a la finca por medio de un canal de dos kilómetros que construyó desde la Font Major hasta su jardín.

Entrar en su laberinto es una aventura. Encontrar la salida, también. Y una satisfacción, después de dar varias vueltas. Este es de altos árboles, muchos de ellos cipreses, de más de dos metros de altura. Son pasadizos largos al aire libre, con quiebros, vueltas y revueltas, hasta llegar al centro en el que hay una fuente. Y desde allí, toca buscar la salida. Y la encuentras, después de intentarlo un par de veces. Es divertido. Merece la pena probarlo.

¿Dónde está este laberinto vegetal? En Penáguila, un pueblo de montaña en la comarca de la Hoya de Alcoy, a unos 67 kilómetros de Alicante, con castillo (o lo que queda de él) encima de un cerro, con restos de murallas, torre y puerta medieval, con casas blasonadas con escudos de nobles señores, con una iglesia del siglo XVIII, además de callejuelas tranquilas por donde se escapa de sus chimeneas el olor del pan recién hecho o de la olleta de blat em las mañanas de domingo. Un lugar donde no existen las prisas.

Al Jardín de Samtos, de propiedad municipal desde 1986, se llega desde la carretera entre Penáguila y Alcolecha o desde una ruta senderista desde el mismo pueblo.

¿Por qué se instalan laberintos en jardines? Buena pregunta. Los hay desde antaño. Pero no sólo en jardines, también en iglesias, en cuadros, en adornos de madera… Algunos muy bellos, otros rectangulares, incluso circulares. Como el de la catedral gótica de Chartes, o el de la Basílica de la Sagrada Familia en Barcelona. Para unos representan la unicidad del camino para llegar al mensaje de Dios. Casi nada. Para otros representa la peregrinación a Jerusalén. Todos tienen un toque de misterio, supuestos mensajes esotéricos, efectos luminosos cuando un rayo de sol atraviesa una vidriera y se posa. Circunstancias que despiertan la inspiración de escritores para inventar historias noveladas que levantan pasiones, algunas de ellas reproducidas en el cine. Seguro que ya se está imaginando una trama de misterio en torno a un laberinto.