Pascual Rosser

¿Por qué se llama playa del Postiguet?

Opinión. Pascual Rosser Limiñana

¿Por qué se llama playa del Postiguet?

Opinión. Pascual Rosser Limiñana

Echo de menos las principales puertas de las murallas de Alicante, ¿usted no?. Claro que no nos dejaron disfrutarlas. Las murallas impedían el crecimiento de la ciudad porque estaba constreñida entre sus muros, había que derribarlas para que la capital alicantina creciera y se desarrollara. Aunque para esto no se tenía la opinión favorable de todos, ya que los militares no estaban de acuerdo y se hicieron escuchar, demorando el derribo durante un tiempo. Ahora se lo cuento.

Finalmente las derribaron, sin salvar casi ningún vestigio. De lo que queda y se puede ver, no parece lo que fueron. Es cierto que las murallas eran de fortaleza militar sin mucha gracia, pero ¿y los torreones?, ¿y las puertas?

Destacaban dos de ellas. Una, la de San Francisco. Y otra, las Puertas del Mar que estaban en la entrada del puerto y daban acceso a la ciudad. La principal era sencilla, enorme, almenada, con la entrada con arco de medio punto y con dos torreones redondos a cada lado. Es muy descriptivo el dibujo que tenemos de ella en la Crónica de Viravens. Este y algunas fotos en blanco y negro son el motivo del por qué la echarnos de menos.

Permita unos apuntes sobre esta puerta del mar o puerta del muelle porque desde este se iba al puerto o se salía de él. Se construyó en 1544 por orden del Duque de Calabria. También se le llamó puerta de Montserrat porque se la encomendó a la Virgen de ese nombre para su protección. Anterior a esta puerta se construyeron las murallas (1835) frente al mar, con los torreones de San Bartolomé y de San Esteban, realizados por el ingeniero militar Juan Cervelló.

Se estará preguntando ¿por qué me refiero a la puerta del mar en plural?. Muy sencillo. Porque había dos puertas. La principal, enorme. Y una segunda mucho más pequeña. Se le llamó el Postigo del Raval Roig, porque se entraba o se salía de ese barrio de pescadores. Era una puerta con cerrojo que daba a la playa.

Los pescadores de ese barrio, que entonces hablaban o chapurreaban el valenciano, designaron a la playa con el nombre del «postiguet» porque se llegaba por esa pequeña puerta. Los pescadores tenían extramuros sus barcas varadas en la arena. Nadie se lo impedía, no estaba el turismo tan implantado como ahora y sus embarcaciones no molestaban a quien quisiera tostarse al sol o bañarse en la playa.

Nada queda de ella por el derribo de las puertas y murallas de la ciudad. Para ello, necesitaban la autorización de altas instancias del poder. Las autoridades locales aprovecharon la visita de la reina Isabel II a Alicante el 26 de mayo de 1858 para inaugurar el tren Madrid – Alicante. Le organizaron un programa de actividades para hacer de este un viaje inolvidable. La agasajaron, convirtieron el edificio del Ayuntamiento en su palacio real donde hospedarse, hicieron de su estancia en Alicante unas agradables jornadas para la reina y su séquito. Tenían un propósito y consiguieron su objetivo: la autorización del derribo de las murallas.

El Ministro de la Guerra redactó una Real Orden que firmó la reina, en la que manifestaba, entre otras cosas, que «atendiendo la reina a la conveniencia y necesidad de dar más extendidos límites a la ciudad de Alicante, ceñida hoy por un recinto que impide su crecimiento y deseosa de proporcionar el bienestar y el progresivo desarrollo que la industria y comercio experimentan con motivo de hallarse ya en explotación el ferrocarril que la une con la capital de la Corte, he tenido a bien, y tomándose en cuenta lo expuesto por el Ayuntamiento y Junta de Comercio, autorizar el derribo de sus murallas determinando que Alicante deje de ser plaza de guerra». Las autoridades locales interpretaron este escrito al pie de la letra, con la interpretación más amplia de lo allí manifestado, y no dejaron nada en pie, ni los torreones, ni las murallas, ni sus puertas. Con sus piedras se ganó terreno al mar para ampliar la fachada marítima, y todos contentos. Unos se dedicarían a construir, otros a desarrollar la ciudad y la mayoría a disfrutar de ella y de esta nueva zona para el esparcimiento y el ocio. Aunque no todos estaban conformes, como le he dicho.

La del Postiguet es la playa más urbana de la ciudad, la que le sirve de escaparate con el castillo Santa Bárbara a sus pies. Una imagen vale más que mil palabras y esta es la que más sale en televisiones públicas y privadas que la usan para mencionar el clima benigno de Alicante. No le sobra esta publicidad a la ciudad, claro que no, y esa imagen con el castillo casi en la orilla del mar atrae a muchos turistas de todas las latitudes. De hecho, es uno de los monumentos más visitados de España.

Pero la playa del Postiguet no fue siempre como la conocemos hoy. De varada de las barcas de pesca, pasó por ser invadida por los balnearios que se metían en el mar desde la orilla y era desde donde se bañaban sus usuarios, para convertirse después en un amplio lienzo de arena para el disfrute del visitante o de los vecinos de la capital de la Costa Blanca.

Pero es así por los pelos. A un presunto iluminado de Madrid se le ocurrió una disparatada idea, aunque él la consideraba brillante. La estación de tren clasificadora dependiente del cercano puerto instalada delante del hotel Palas sobre terrenos ganados al mar necesitaba una ampliación y se pensó que lo mejor era quitarle ese espacio a la playa del Postiguet. Las alarmas de los alicantinos saltaron y todos se pusieron en guardia. Que disparate, pensaron. Querían dejar a Alicante sin su playa más urbana. El 20 de junio de 1949 el presidente de la Junta de Estudios y Enlaces Ferroviarios comunicó al Ayuntamiento que estaba a su disposición la memoria de todo lo que se pretendía hacer en la playa e invitaba a que los miembros de la Corporación lo consultaran en la sede de esta Junta en Castellana, nº 13 en Madrid.

La preocupación iba en aumento y el pueblo alicantino cada vez estaba más inquieto. El alcalde Juan Alberola Such fue a la capital de España para ver ese proyecto y verificar la magnitud del mismo. Volvió indignado. Informó en el Pleno del Ayuntamiento del 28 de julio de ese año. Dijo que el «proyecto es precioso pero que de llevarlo a cabo haría desaparecer la playa de los balnearios». Los promotores prometían – además – la construcción de una playa artificial, para sustituirla por la original, incluso sería más grande. Pero no convencía, las autoridades locales no querían perder la playa que ya tenían de forma natural que la naturaleza la había ido formando a lo largo de los siglos. El alcalde dijo que «si el sentir de los alicantinos es que no se corte la playa natural, el la defenderá, con toda corrección, pero con la mayor energía».

El cronista Enrique Cerdán Tato, en La gatera, cuenta este suceso con detalle, denominando polémico a este proyecto, poniendo en boca del concejal Agatángelo Soler que «la posibilidad de cargarse El Postiguet había producido una unánime indignación. El presupuesto previsto para tan descabellado proyecto es de 25 millones y el plazo de ejecución de 3 años, con la playa artificial».

No se hizo. Con la desaparición de la estación clasificadora y la remodelación del paseo de Gómiz en 1966, se archivó el proyecto, se salvó la playa del Postiguet y los alicantinos respiraron aliviados. Y ahí está, para disfrute de todos.

Pascual Rosser Limiñana