Nadie es mejor que nadie, pero tampoco peor. Este principio es, tan fácilmente comprensible como difícilmente aplicable en nuestra vida cotidiana.

OPINION–ÁNGEL SÁNCHEZ–

Nadie es mejor que nadie, pero tampoco peor. Este principio es, tan fácilmente comprensible como difícilmente aplicable en nuestra vida cotidiana.

Para analizar cualquier tema que, de forma interesada se incluye en la «agenda» ciudadana como un problema o como una situación susceptible de ser mejorada, es preciso, en lo posible, huir del subjetivismo que habitualmente condiciona nuestras acciones. Y digo que, en lo posible, pues éste subjetivismo está condicionado por circunstancias, creencias e incluso por un tipo de cultura, efectivamente impuesta sobre nosotros: modas, formas de pensar, obrar, prejuicios, etc. Evidentemente, siempre podemos afirmar, con mayor o menor vehemencia que nosotros somos libres de actuar y pensar, pero la realidad, analizada de forma objetiva, nos indica que la mayoría de las veces los condicionantes tácitos son una realidad. Los principales impulsores de ésta dinámica social son los medios de comunicación. A través de la información, crean opinión favorable o en contra, modifican perspectivas personales o las condicionan anhelando ser o parecerse a algo que se nos muestra como la figura ideal; el ejemplo a seguir.
El último debate que se nos quiere imponer es la regulación de la circulación de bicicletas en la vía pública. Y para analizar, huyendo de emotivos sentimientos de pertenencia o de oposición, lo coherente es plantear un marco analítico lo más objetivo posible.

Las bicicletas forman parte de la circulación cotidiana en nuestras vías, al igual que los vehículos a motor, vehículos adaptados para la movilidad de personas con discapacidad, carros de niños y niñas, etc. Y los ciclistas no son ( somos) ni mejores ni peores, pero tampoco somos diferentes.
Las vías están pensadas para facilitar la circulación de vehículos a motor, pero no para otros. Y por otro lado, la circulación está regulada por un conjunto de normas que todos consideramos, o como insuficientes o incluso como una molestia.

Se argumenta que seremos los únicos que regularemos la circulación de bicicletas, y esto no es cierto. Se argumenta que se persigue un fin lucrativo por parte del RACE y las aseguradoras, y ésto es cierto. Pero igualmente cierto es que el incumplimiento, en mayor o menor grado, de las normas, es un acto incívico que no es percibido como tal, algo que en otros países no ocurre dada la cultura y tradiciones que tienen en el respeto hacia los demás.

Esta cuestión, pone de relieve un problema que va más allá de la regulación o no: el respeto y la consideración hacia «los otros». No somos conscientes que nuestro rol es cambiante y el respeto que unas veces exigimos, no somos capaces de darlo cuando cambia el papel que desempeñamos en esas interacciones que se dan en la vía pública. El conductor considera que los ciclistas van por libre, y los ciclistas que los conductores son unos casi delincuentes, cuando el problema es común: ponerse en la piel del otro.
La deriva de la sociedad en la que vivimos es altamente arriesgada, es cierto. Cosas que hace poco tiempo, unos años apenas considerábamos como firmemente consolidadas en nuestra vida son ahora motivo de preocupación. Y en esa deriva, la consideración como «únicos» que se nos hace asumir, nos aísla de los demás; nos hace incluso competir de forma miserable y, por supuesto, acumulando incumplimientos de normas que, insisto; consideramos un problema más que una solución de convivencia.

Es necesario buscar puntos de acuerdo y comprensión, y para ello hay un elemento que parece necesario: la empatía. Ponerse en el lugar del otro, sea el rol que sea el que tenga. Ponerse en el lugar de los discapacitados en sus dificultades para moverse por estrechas aceras, la empatía con los conductores estresados al volante en su trabajo diario, empatía con los usuarios de bicicletas y a la vez, éstos, respeto a las normas que en el rol de conductor se respetan por temor a la sanción.

La cuestión, en mi opinión, es no resignarnos a que la cultura del egoísmo más extremo que se nos impone como único medio de sobrevivir en este complejo mundo. Revelarnos. Y para ello, empezar a pensar que, ni siendo peores, no somos mejores. Que las razones del otro, expuestas de forma respetuosa, son tan aceptables como las nuestras.

Los debates que se nos imponen deben ser un motivo de reflexión antes de tomar partido por una posición u otra. Aceptar, sin más, es una forma de sumisión que no nos hace, ni más libres, ni más inteligentes, sino al contrario.

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About: Juan Guill

Fundador y administrador de Radio El Campello.

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